Dejo por aquí una de las últimas rutas en bici, que desde hacía tiempo quería recorrer. Unir “León” con Comillas a través de la Montaña Palentina, subiendo el el puerto de Piedrasluengas y bajando por la espectacular Hoz de Bejo y el valle del Nansa, hasta llegar a la costa. De primeras, decir que son fotografías de móvil, por lo que no se puede esperar demasiada calidad. Esta vez, todo hay que decirlo, viajaba con un móvil mejor que el mío de juguete, pero que no deja de ser un móvil al fin y al cabo. Y esta vez viajaba solo, que no significa una algo mejor, pero que imprime un carácter más personal, quieras o no.
Empecemos, pues.
Etapa 1. León – Velilla del Río Carrión. 92 km, +820 m.
Esta etapa no fue más que una mera aproximación a las puertas de la Montaña Palentina, sin duda, espectacular y poco conocida, lo que la hace más especial para mí. En un viernes a la salida del trabajo, y con la que estaba cayendo -una semana bastante atípica de calor por estas latitudes y fechas- comencé a recorrer la campiña leonesa camino de Gradefes, pasando primero por el bonito y aislado monasterio de San Miguel de Escalada. Templo mozárabe prerrománico reformado posteriormente en el siglo X, te hace entender el paso de civilizaciones, de imperios, haciéndote relativizar a quién corresponde cada trozo de tierra. Y esta bella península, paso de leyendas e imperios, nos ha bañado con distintas culturas y genéticas que nos han inculcado riqueza y diversidad, a pesar de los intentos actuales por delimitar purezas absurdas. La pureza en nuestra especie, dejando atrás la endogamia, siempre ha supuesto trabas a nuestra evolución.


Desde allí, poco más que contar salvo la tremenda cantidad de semillas de álamo negro que volaban de frente hacia mi cara, pegándose a todo mi cuerpo debido al protector solar. Desde Gradefes la ruta seguía por Almansa y Puente Almuhey. En estas zonas, hay semanas en las que nieva siempre en la campiña.
Hasta que no llegué a Puente Almuhey, donde ya el monte prevalece sobre la tierra de campos, no me deshice de todo el vello blanco que cubría mi cuerpo, a base de purificarme, -o desvirtuarme- con agua en una fuente. Desde aquí, poco más que contar camino de Guardo, antigua cuenca de minería palentina, ya junto a Velilla. Cuántas historias de vidas mineras, empañas de negro carbón, podrían contarse aquí, desde aquellos duros años de principios del siglo XX, cuando ahora ya ni las chimeneas de la térmica se atisban en el horizonte, fruto de los procesos de descarbonización de todas estas cuencas.
Y recorrí cada kilómetro enarbolando la bandera de mi tierra natal, regalo de una persona sin duda muy especial; el mejor de los amigos.
Aquí pasé el resto de tarde descansando y reponiendo para la etapa del día siguiente. Sin duda, Velilla del Río Carrión es un lugar especial para ello, capital de las montañas, donde degustar además unas de las mejores gildas que hemos probado, en una bonita terraza a orillas del Carrión y bajo la atenta mirada del Espigüete.




Etapa 2. Velilla del Río Carrión – Comillas. 161 km, +1.560 m.
Temprano en la mañana, antes de que el sol bañara con un poco de luz y calor aquellos rincones, comencé a rodar camino de Cervera de Pisuerga a través de la espectacular ruta de los pantanos. Muy cerca del primer muro, la presa de Compuerto, dos lobos aún con el pelaje oscuro de invierno, supongo que machos por el tamaño, cruzaron frente a mi, el primero sin detenerse, el segundo aminorando el paso para mirarme, perdiéndose después en la umbría de los robledales aledaños. No hay fotos de aquel momento mágico, pues son demasiado escurridizos. Pero sin duda, es un momento especial cuando un animal de esa categoría se detiene para mirarte, aunando miradas, para perderse después en la espesura.
Sin haber leído previamente a Schopenhauer, coincidí con él en que la soledad no aceptada te consume como un hongo enraizándose en tu interior, como una enfermedad que se aferra ti y te consume hasta el fin. Qué distinto es, sin embargo, esa soledad pretendida, esa necesidad de sentirte en sintonía con un mundo abandonado, con una naturaleza acallada por tanta tecnología de supuestas redes sociales que no hacen más que alejarnos del suelo que deberíamos pisar, del paisaje que deberíamos poder contemplar. Si ahora comparto esto en un blog, no es más que un intento por mantener vivos aquellos cuadremos de juventud que ahora, yo mismo, tengo tristemente abandonados. También intento avanzar para no quedarme demasiado atrás en estos años que vuelan, en estos momentos donde lo aprendido hoy está desfasado ya maña, pues nada malo había en asistir a las clases de antaño desde la última fila.
Superado el sedundo muro, la presa de Camporredondo de Alba
sdsd
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