Hacía tiempo que queríamos conocer Escocia, y más concretamente, las tierras altas. Descartando destinos más concurridos en estas fechas de Semana Santa, acabamos valorando esa opción, recorriendo uno de sus caminos más emblemáticos; el West Highland Way.
Este camino suele completarse, según capacidades, en unos 6-8 días, aunque nosotros, por falta de tiempo, tuvimos que plantearlo en 5 días. Eso supuso tener que encarar jornadas de más de 30 kilómetros diarios, con unos 1.000 metros de desnivel al día, hasta completar sus 157 kilómetros con un desnivel acumulado de 5.000 metros. Aun sabiendo que serían etapas duras, pusimos rumbo a tierras escocesas sin dudarlo. Tras un vuelo largo con escalas buscando un poco de economía, aterrizamos en Edimburgo un sábado, bajo una copiosa granizada que más tarde nos dejaría una estupenda tarde para empezar a conocer esta preciosa ciudad. Aquí la climatología te brinda las cuatro estaciones a cada momento, haciendo que olvides la previsión meteorológica y salgas a recorrer sus calles y rincones sin preocuparte de la lluvia o el viento. Aquí los paraguas no sirven de mucho.



Sí, sé que no ha foto del castillo, pero la multitud congregada en la explanada la desaconsejaba. Parece que me siguen dando alergia las multitudes.
Catedral de San Giles.
Calle Victoria.
Monumento a Scott y estación de Waverly y hotel Balmoral.
Al día siguiente, el viento y la lluvia nos hicieron probar nuestros ponchos y gores, creándonos una falsa tranquilidad de cara a jornadas lluviosas por las tierras altas. A pesar del aguacero matinal y el tremendo vendaval, con vientos sostenidos de 45 km/h y rachas de 60 según previsión, y que hacía ponerme a prueba para intentar encuadrar cada fotografía, subimos a la colina Calton desde donde contemplar unas estupendas vistas de la ciudad.
Tras el pateo de la mañana y una estupenda comida por los alrededores de la calle Rose, cogimos un tren rumbo a Glasgow, para visitar la ciudad en la única tarde que tendríamos por allí y preparar todo para iniciar el trekking al día siguiente.
Catedral y necrópolis de Glasgow.
Vuelta al centro a cenar algo y descansar...

Pero el día aún tenía algo que decir. Y es que, sentados en un estupendo pub escuchando música en vivo, mi pierna derecha empezó a dormirse poco a poco. Y el cosquilleo tornó en molestia, y finalmente, la molestia en dolor. Habiendo sufrido algo parecido no hacía mucho tiempo, el diagnóstico era claro; pinzamiento del nervio ciático. Cuando al sentarme más tarde en la camal del hotel, un dolor agudo me recorrió como un latigazo desde el glúteo hasta el pie pasando por el lateral exterior del gemelo, vi que la cosa iba en serio; me había lesionado de la nada, la noche antes de empezar a caminar. No me lo podía creer; no podía ni quitarme la zapatilla por mis propios medios. Y aún tampoco lo sabía, pero no iba a poder pegar ojo por las noches. Y este tipo de lesiones no son de las que se curan rápidamente. Sin opciones de fisioterapia ni teniendo seguro médico, no me quedaba más que intentar completar con dolor las ya de por sí largas y duras jornadas, esperando no romperme del todo. Un gran comienzo, sin duda.
Sin más opción que poner al mal tiempo buena cara, temprano en la mañana pillamos un tren hasta Milngavie, a las afueras de Glasgow, desde donde finalmente empezamos a caminar.
El dolor era soportable y, aunque cojeando, me permitía avanzar. Eso sí, nada de tropezar o hacer algún movimiento extraño. Poco a poco, el cuerpo y sobre todo, la cabeza, calentaban y los kilómetros empezaban a pasar.
Estamos en temporada de lambing, por lo que el camino solía estar animado por jóvenes corderillos que se entretenían con cualquier cosa en sus primeras semanas de exploración.
Y en el silencio del camino, siempre se escuchaba el canto de cualquier pájaro. Un pequeño petirrojo me dejó fotografiarlo, sin dejar de mirar de reojo.
Y digo silencio del camino pues, la West Highland Way es algo así como el Camino de Santiago, repleto de gente en su temporada habitual; el verano. Evidentemente, yo no habría venido ni en pintura en semejantes fechas, por lo que al venir a finales de marzo, no te encontrabas con más de 10-12 personas en toda la jornada. Eso para mí ya es mucho, pero estando donde estamos, no me pude quejar. Era muy agradable encontrar más cuadrúpedos que bípedos...
Vacas de las tierras altas.